Mujeres Notables - Susana Sienra

Susana Sienra fue la esposa de Wilson Ferreira Aldunate, pero fue antes que nada una gran mujer, una gran demócrata, una gran blanca, una “blanca como hueso de bagual”, como ella misma se definía.

Nació el 26 de octubre de 1920 en su casa, hija de un ama de casa y un profesor de francés.

Su escuela primaria la realizó en un pequeño colegio inglés en Pocitos, en la Escuela de Mrs.Thomson, hoy Colegio Ivy Thomas, y luego cursó el liceo en las Hermanas Dominicas de la calle Rivera.

Desde sus primeros meses de vida, se desplazaba junto a su familia a pasar largos meses de verano en Punta del Este, en el chalet que sus abuelos habían construido sobre la playa Mansa. Susana recordaba el viaje en tren hacia Maldonado y luego el traslado en ómnibus hasta la península.

Allí, en Punta del Este, el 27 de enero de 1934, conoció a Wilson Ferreira Aldunate. 

Cinco años después, en 1939, inician su noviazgo, que transcurrió durante la Segunda Guerra Mundial.

Gran lectora, su pasión eran los libros. Wilson le obsequió un libro del sueco Axel Munthe, “San Michele”. En su portada, Wilson escribió una frase del autor: “No se da nada a los hombres, si no se entrega uno mismo”.

Ese libro fue atesorado por Susana desde entonces toda su vida, pidió a sus hijos que se lo enviaran al exilio, y lo conservó cerca hasta sus últimos días.

Se casaron un 14 de diciembre de 1944. Tuvieron tres hijos, un matrimonio feliz, Susana apoyándolo y acompañándolo toda la vida, incluso sin dudarlo durante los largos años del exilio.

Compartió casi sesenta años de su vida junto a un hombre que marcó el rumbo político del país desde la década de 1960 hasta su fallecimiento en 1988.Susana fue testigo privilegiada de la  historia y también víctima de los sucesos de los cruciales tiempos que les tocara transitar como protagonistas directos.

Es difícil hablar de Susana sin hablar de Wilson, pero también es difícil hablar de Wilson sin hacer mención a Susana. 

Susana y Wilson se conocieron en Punta del Este, en enero de 1934; ella tenía 14 años y él, 17. Tres años más tarde, en 1937, Wilson terminó de conquistar a Susana, y ahí comenzó una historia que duró toda la vida. 

A pesar de sus orígenes familiares, Susana decía que ya desde su juventud “me tiraban los blancos”, y atribuía esto a la Pepeta, la señora que cocinaba en la casa, que le mostraba fotos de Aparicio y decía: “¡Viva Aparicio Saravia!”, y le hacía cuentos de las guerras civiles. “Ella fue la que me hizo blanca”, decía Susana. 

Su primer voto fue por Martín Martínez, en la fórmula Martínez - Arturo Lussich, fórmula que también votara Wilson en dicha oportunidad.

En una extensa entrevista que le realizara la revista Posdata, al cumplirse diez años de la muerte de Wilson, ella describe lo que era ser mujer, o mejor dicho, familia de político.

Cuenta que en la campaña de 1954 ella, sus dos hijos mayores —Gonzalo y Silvia, Babina, como todos la conocemos— junto a Juan Raúl, de meses —que iba en esa especie de zapatito o cajita de bebé—, acompañaban a Wilson a todos los actos. Ella decía: “Pobres chicos, los enloquecíamos, siempre marchábamos con ellos”. 

Demostraba de esta manera no solo su ferviente inclinación nacionalista, sino también su entusiasmo y su participación constante en la política. Ofrecía su propio hogar para las reuniones.  Ahí, en su casa, con ella como testigo, nació la famosa Lista 400, con la que Wilson fue a las elecciones del 66. 

Susana acompañó a Wilson siempre y fue consejera permanente del líder nacionalista. “Si vos pactás con este hombre, yo no te hablo durante una semana”, le dijo a Wilson en la década del 70, cuando el entonces presidente Juan María Bordaberry le ofrecía un acuerdo nacional. 

Quiso el destino que en 1973, fuera también Punta del Este —el lugar donde se conocieron— el punto de partida de ambos para el exilio. Dicen que Wilson, con el humor que lo caracterizaba, le comentó: “No podrás decir que te he dado una vida aburrida”, mientras ambos se arrastraban por los pastos para llegar a la cabecera del aeropuerto y poder subir a la avioneta que los sacó de Uruguay luego del golpe de Estado. 

Otro ejemplo de lo que significaba esta gran mujer blanca y su influencia en Wilson se resume en la frase de este último: “Lo que tengan que arreglar, arréglenlo con Susana, que es la que sabe”.

Con estas palabras Wilson reprendió años después a algunos de sus correligionarios, amenazando con irse de la política si pactaban con militares de la dictadura. 

El largo destierro, para ambos duró doce años. Primero fue Buenos Aires —donde Wilson se salva apenas por horas de correr el trágico destino del Toba y de Zelmar— y luego, Londres. Cuenta Susana que le obsesionaba que sus nietas se olvidaran de ella. Cuando se fueron eran tres. La más grande había bautizado a Wilson como Vuo y a Susana como Mane. 

Durante esos años del exilio, el contacto con sus hijos y nietos fue a través del Correo. Las cartas iban y venían, incluso paquetes para cumpleaños de nietos. Nunca se perdió una carta.

Viviendo en Londres, los martes a las 9 de la mañana, con británica puntualidad, llegaba la correspondencia de Uruguay. Ellos se levantaban más temprano que el resto de los días y se sentaban a desayunar en una mesa desde la que veían claramente al cartero cuando colocaba los sobres en el buzón. “No sacábamos los ojos de la ventana, y siempre llegaba una larga carta de Babina que leíamos con desesperación”. 

En 1984, tanto Wilson como Susana y todos los que venían en aquel barco sabían lo que les esperaba en el retorno al Uruguay. Pero decidieron regresar sin medir costos, sin medir consecuencias, entendiendo que se trataba de la opción más generosa de servicio al país, bajo aquella máxima que reza que lo que es bueno para el país, es bueno para el Partido Nacional. 

Susana realizó una huelga de hambre en aquella instancia, pidiendo la Libertad de Wilson y los demás presos políticos.

Desde el 16 de junio de ese año, encabezaba la marcha diaria desde Plaza Independencia hasta la Suprema Corte de Justicia, pidiendo la libertad de los presos políticos.

Cuentan quienes la conocieron no obstante, que nunca albergó rencor y siempre tuvo una sonrisa y una palabra de aliento y cariño para quien lo necesitara. 

En 2012 fue declarada Ciudadana Ilustre de Montevideo. La entonces Intendenta, Ana Olivera, destacaba entonces: “se pretende homenajear a una personalidad trascendente en la historia contemporánea de nuestro país, que acompañó a su marido en todas las instancias y acontecimientos políticos vividos en su país y en el exterior, cuya presencia física fue ejemplo de esposa, madre, abuela y bisabuela, como símbolo de las mejores cualidades de la mujer uruguaya, siendo, sin lugar a dudas, una de las “madres coraje” de la historia nacional”.

En aquella oportunidad, ante ese homenaje, Susana Sienra declaraba: “Desde que me enteré de este homenaje, no he dejado de preguntarme: ¿por qué yo?  Soy una persona de mucha suerte, y lo más lindo que me ha pasado en la vida es tenerlos a todos ustedes. Los uruguayos siempre me han hecho sentir orgullo de este país maravilloso, que a veces nos olvidamos de valorar suficientemente. Aprendí de las uruguayas y uruguayos que conocí en el exilio y que siempre mantuvieron viva la esperanza del retorno. Aprendí de los hombres y mujeres que reconquistaron la democracia. Hoy sigo aprendiendo de las que quieren perfeccionar la vida construyendo democracia.”

Murió a los 96 años, acompañada esa tarde por todos sus descendientes, sin quejarse, sonriente hasta el final.

Este texto es la combinación de dos reseñas, una enviada por el Senador Jorge Gandini y otra enviada por la hija de Susana Sienra y Wilson Ferreira, Silvia Ferreira.

 

Detalles Técnicos

  • Fecha de emisión: 07/03/2021
  • Código: 2021.03.S
  • Valor: $ 27 (pesos uruguayos)
  • Diseño gráfico: Eduardo Salgado
  • Dentado
  • Tirada: 7506 sellos
  • Imprenta: Sanfer SRL
  • Plancha: Compuesta por 9 sellos
  • Tema: Personas destacadas
  • Serie: Mujeres notables

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